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¿Qué es el discurso de odio y por qué importa hoy?

  • Foto del escritor: Javier Sánchez Galicia
    Javier Sánchez Galicia
  • hace 3 horas
  • 3 Min. de lectura

El odio siempre ha estado ahí, en chistes “inocentes”, en insultos en la calle, en pintas en las paredes o en gritos durante una marcha o un partido de fútbol. Pero en los últimos años se ha mudado de casa: ahora vive, sobre todo, en el ecosistema digital. Hoy los ataques, las burlas y las descalificaciones circulan en X, Facebook, TikTok, WhatsApp o en la sección de comentarios de cualquier video. Por eso importa debatir sobre el discurso de odio: porque ya no es un fenómeno lejano o excepcional, sino algo que puede aparecer en la pantalla de nuestro teléfono a cualquier hora del día.


Si miramos atrás, no es la primera vez que un medio de comunicación amplifica la agresión. La radio y la televisión también fueron usadas en su momento para difundir mensajes racistas, machistas o políticos que demonizaban a ciertos grupos. La diferencia es que antes el flujo comunicativo era vertical y más controlado; se utilizaba el modelo propagandista de comunicación política en el que pocos hablaban y muchos escuchaban (Achache, 1998). En las plataformas digitales, en cambio, cualquiera puede opinar, compartir o insultar ante una audiencia potencialmente enorme, y lo puede hacer de forma anónima o con una identidad semianónima.



La declaración más célebre y controvertida de Umberto Eco (2015), sobre las redes sociales, ocurrió en el marco de la ceremonia donde recibió el doctorado honoris causa en Comunicación y Cultura por la Universidad de Turín. Eco expresó una crítica severa hacia la horizontalidad de la opinión pública digital:


"Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios".

 

El autor de Apocalípticos e integrados (1984) argumentaba que, si bien la televisión había promovido al "tonto del pueblo" ante el cual el espectador se sentía superior, el drama de internet es que ha promocionado al "tonto del pueblo" como el portador de la verdad. Esa mezcla de alcance masivo, velocidad y aparente impunidad ha convertido al ecosistema digital en un terreno fértil para el DO.


     No hay que ir muy lejos para ver sus efectos. Están los casos de acoso masivo contra mujeres en política, periodistas o activistas que reciben amenazas de violación o muerte en sus redes. Están las campañas coordinadas que estigmatizan a migrantes, personas LGBT+, comunidades indígenas o minorías religiosas, a quienes se presenta como “peligrosos”, “antipatrias” o “parásitos”. Y están también las experiencias más silenciosas pero igual de dolorosas: adolescentes que son humillados en chats escolares, personas que reciben comentarios racistas sobre su color de piel o su forma de hablar, usuarios que dejan de opinar porque cada publicación se convierte en una lluvia de insultos. Aunque cada historia es distinta, todas comparten un hilo común: el espacio digital, que podría ser un lugar de diálogo y encuentro, se vuelve un escenario de agresión constante.


     Los costos no son solo individuales, sino también sociales. En lo personal, el DO mina la autoestima, genera ansiedad, miedo, vergüenza e incluso puede detonar depresión o ideas suicidas. No es solo “gente exagerada en redes”, es gente real que lee mensajes reales a las dos de la mañana y siente que no vale nada, que está sola o que su vida corre peligro. En lo colectivo, el odio normaliza la idea de que ciertas personas “merecen” ser atacadas, que hay vidas que valen menos, que no pasa nada si se amenaza o se insulta porque “solo es internet”. Cuando esos mensajes se repiten una y otra vez, se va construyendo un clima de desconfianza, polarización y deshumanización que tarde o temprano se derrama fuera de la pantalla.


Debatir sobre el DO en plataformas digitales no es un capricho académico ni una moda. Es una necesidad democrática y humana. Significa preguntarnos qué tipo de conversación pública queremos, qué límites nos ponemos para no destruir al otro, cómo cuidamos a quienes hoy están en la primera línea de ataques y qué responsabilidades tienen las plataformas, los gobiernos, los medios y también nosotros como usuarios. La promesa al lector es sencilla: no necesitas dominar tecnicismos para entender “qué está pasando”. Basta mirar con atención el entorno digital en el que te mueves y ponerle nombre a aquello que quizá ya percibes, que el odio dejó de ser un rumor lejano y se ha convertido en un ruido de fondo que nos acompaña cada vez que desbloqueamos el teléfono. Entenderlo es el primer paso para decidir si queremos seguir alimentándolo o empezar a cambiar la forma en que nos hablamos en línea.

 

 
 
 

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