Desinformación en la era de la Inteligencia Artificial
- Javier Sánchez Galicia

- hace 5 horas
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El llamado “Dezinformatsiya” suele mencionarse en la literatura como un corpus doctrinal soviético/ruso que, a mediados de los años cincuenta, consolidó prácticas de engaño informativo dentro de lo que Occidente terminó conociendo como “medidas activas”: operaciones que combinaban falsificación, manipulación mediática, creación de organizaciones pantalla y acciones encubiertas para modificar percepciones y, con ello, facilitar objetivos políticos y estratégicos. Aunque el “manual de 1955” se cita con frecuencia como referencia histórica (a veces con atribución difusa entre aparato de inteligencia y estructuras militares), lo que sí es verificable en fuentes abiertas es la existencia de una tradición institucional soviética que define la desinformación como difusión deliberada de información falsa para engañar a la opinión pública, y su integración a repertorios sistemáticos de guerra política y psicológica.
El operativo del gobierno federal mexicano, realizado el 22 de febrero, y que culminó con la muerte de Nemesio Aguilar Oceguera, alias “el mencho”, evidenció una estructura de desinformación digital con la perticipación de personajes de la ultraderecha norteamericana que propagaron contenido falso. De acuerdo con un sistema de monitoreo en tiempo real, realizado por el periodista Alberto Escorcia, desde las 10: am del 22 de febrero se detectó una operación coordinada de desinformación, en la que 3 grandes cuentas (con 500 cuentas automatizadas que amplificaron contenidos), comienzaron a difundir información alarmista, publicaron imágenes generadas con IA (ej. Puerto Vallarta incendiada por todas partes), y exageraron escenarios de violencia, cuyo objetivo central era amplificar el miedo.
En eventos violentos, la tasa de amplificación suele superar el 5–10%. Además, la desinformación se propaga más rápido que la verificación oficial, por lo que la fase más vulnerable son las primeras 6 a 12 horas. Según el modelado de propagación digital y el comportamiento típico en eventos de alto impacto en México, se estima que el alcance potencial de este tipo de desinformación fluctúe entre 200 y 500 publicaciones con información falsa o no verificada en las primeras 48 horas.
El operativo del 22 de febrero mostró las categorías del “desorden informativo”. En primera instancia, no todo lo que circuló en redes sociales eran fake news. Según las categorías del desorden informativo, existen hasta siete tipos distintos de desinformación (sátira o parodia, conexión falsa, contenido engañoso, contexto falso, contenido impostor, manipulado, y fabricado). Vimos algunos ejemplos de contenido engañoso como: “El Mencho sigue vivo y está hospitalizado”, además de comunicados oficiales falsos, y el uso de IA para simular incendios masivos, como el caso de un supuesto avión de la aerolínea Volaris, en llamas. Basado en análisis del caso: 35–40% eran noticias fuera de contexto; 25–30% contenido engañoso; 15–20% → Fabricado; 10–15% → Manipulado (incluyendo IA); 5–10% → Conexión falsa.
Desde esta lógica, dezinformatsiya no se entiende como “mentir” en general, sino como construir condiciones de credibilidad para que una falsedad (o una verdad selectiva) se vuelva socialmente “razonable”. El principio operativo central es que la pieza engañosa debe parecer verosímil, atribuible y útil para un conjunto de actores que la difundan sin sentir que obedecen instrucciones. Por eso, en la práctica, la operación tiende a apoyarse en tres palancas: (1) atribución (quién “lo dice”: una fuente aparente, un documento, una filtración, un experto), (2) encuadre (cómo “lo dice”: un relato que ordena hechos, sugiere culpables y define víctimas), y (3) circulación (por dónde “viaja”: canales y mediaciones que convierten lo marginal en mainstream). En la tradición descrita para la Guerra Fría, un mecanismo típico consistía en sembrar un contenido en un medio periférico o afín, rebotarlo en otras plazas y, ya con “huella” pública, reimportarlo como si fuera confirmación independiente.
Otro rasgo clave es que la desinformación se concibe como técnica de intervención en sistemas, no como acto aislado. Su objetivo es alterar el entorno de decisión: sembrar duda, dividir alianzas, erosionar confianza institucional, inducir sobre-reacciones o justificar políticas. De ahí que privilegie materiales “operables”: falsificaciones documentales (ahora con IA), “pruebas” parciales, rumores con apariencia de expediente, campañas de cartas o comunicados, y narrativas capaces de sobrevivir a desmentidos porque apelan a emociones políticas estables (miedo, agravio, resentimiento, sospecha). En ese marco, la retroalimentación es parte de la operación: se observa la reacción del público y de los medios, se ajusta el relato y se relanza, buscando que el adversario quede atrapado entre dos costos: callar y parecer culpable, o responder y amplificar.
El caso del abatimiento de “El Mencho” evidencia la velocidad con la que la información, y la desinformación, puede circular en contextos de alta sensibilidad pública. En situaciones de este tipo, es común que durante las primeras horas se mezclen hechos confirmados con rumores, contenido fuera de contexto, exageraciones e incluso imágenes generadas con inteligencia artificial. Por ello, resulta fundamental que la ciudadanía adopte una actitud crítica frente a la información que consume y comparte, verificando la fuente, contrastando con medios confiables y evitando difundir contenidos cuya veracidad no haya sido confirmada por autoridades o instituciones periodísticas reconocidas.









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